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PIPIN Y EL GATO Sólo tenía 7 meses cuando lo dejaron sólo cerca de un pueblo donde no había estado en su corta vida. Pipin había vivido hasta ese momento con una familia. Llegó a ellos en Navidad como regalo para el pequeño de la familia. Disfrutó mucho mientras estuvo allí, aunque en los últimos meses había notado un cierto distanciamiento. Ya casi nadie le hacía caso, ni siquiera el pequeño, y comenzaban a quitarle de en medio cuando con todo su cariño iba a saludarles. Llegó entonces el calor y aquel día hubo bastante jaleo en casa, nadie se percataba de su presencia. No hacían más que entrar y salir con bultos hacia el coche. Cuando terminaron hubo una discusión y al final lo cogieron y lo metieron junto a ellos en el vehículo. Pipin se alegró muchísimo, movía la cola al ver que sus amos volvían a quererle, a darse cuenta de que estaba allí. El coche se puso en marcha y Pipin miraba por la ventanilla entusiasmado. Sin embargo, todos callaban. De repente el coche se paró, lo cogieron de nuevo y lo lanzaron a la calle, después el coche se puso en marcha y Pipin se quedó sólo preguntándose qué había hecho, qué había pasado. Pensó primero que volverían, él era un buen perro. Sin embargo, un gato callejero que por casualidad se encontraba por allí y que había visto la escena le convenció de lo contrario. Gato: chico, olvídate, se han ido, te han abandonado. Lo he visto muchas veces. Sé que no lo entiendes pero es así. Pipin: ¿Por qué? Son mi familia - Te equivocas, ellos no son tú familia o acaso no recuerdas a tu madre. Seguramente eras muy pequeño cuando te separaron de ella para entregarte a esa que tú llamas familia. Me imagino, por las fechas que son, que tú llegaste con ellos cuando era Navidad. Lo he visto muchas veces hacer, cuando llegan las vacaciones y no saben qué hacer con vosotros, os tiran en la calle. Seguro que durante este último mes las caricias ya no fueron tan habituales ¿verdad? - Pipin asintió -. No creas, a los de mi especie que viven con los humanos también les pasa. No eres el único. Así que olvídate e intenta sobrevivir, que no es nada fácil. Y más para ti que todavía eres pequeño y no sabes de la vida. - Pero, yo les quiero, me daban de comer, me acariciaban ¿qué voy a hacer? Mi mamá, recuerdo a mi mamá, era como yo y me lamía, me limpiaba cuando estaba sucio y me daba también ella de comer, pero no sé dónde está, y ¿si volviese con mi mamá? - Tampoco puedes volver con tu mamá. Primero sería muy difícil encontrarla y segundo, las cosas no funcionan así, no puedes volver con ella, es difícil de explicar, algún día, si llegas a mayor lo comprenderás. - Pero, entonces, estoy solo. No tengo a nadie, qué voy a hacer, a donde voy a ir. Me moriré de hambre y de sed. Pipin se echó a llorar amargamente, por un lado le venían a la mente gratos recuerdos de su corta vida, el contacto de su madre, el sabor de su rica leche, las caricias que, al principio le dieron sus amos, por otro, tenía miedo, sentía impotencia porque de alguna forma sabía que no podía vivir solo. El gato le miraba, le dio lástima, ¡era tan pequeño! ¡Cómo podían ser tan crueles los humanos y en cuántas ocasiones! El se sintió agradecido de haber nacido vagabundo, la vida también había sido muy dura. Verle al pequeño cachorro le recordó a su madre, vagabunda ella, que le había enseñado todo, a sobrevivir en un mundo dominado por el más cruel de los animales. El gato decidió cuidar de aquel cachorro, un objetivo nada fácil. Gato: no llores más, yo te cuidaré. Llevo toda mi vida, unos cinco años humanos viviendo en la calle, muy pocos han conseguido llegar hasta mi edad en las condiciones que se vive aquí, así que tienes un buen maestro. Pipin miró al gato agradecido, sintiéndose algo aliviado, aunque el dolor tardó mucho tiempo en cicatrizar. El gato le enseñó todo lo que sabía, vivían en el campo y para comer se acercaban muchas veces a un pueblo cercano buscando algo. Ambos los compartían todo. Pasó un año y el cachorro se había convertido en un perro hermoso que defendía a su amigo en cualquier ocasión. El gato comenzaba a hacerse mayor y Pipin se encargaba de todo, de buscar comida y de darle calor. Un día estando descansando acurrucados los dos, aparecieron unos jóvenes humanos. Pipin se levantó en guardia, el gato le había avisado de unos hombres que les cogían para matarlos. Pero uno de los jóvenes tendió la mano hacia Pipin intentando acariciarle, y él recordando aquellos días de cachorro, se dejó acariciar. El gato tenía pocas ganas de luchar. Se los llevaron a un lugar en el que había otros como ellos. Los separaron y eso es lo que más les dolió. Sin embargo, se veían de vez en cuando, cuando sacaban a Pipin a pasear, éste se dirigía a ver a su amigo. Los jóvenes se dieron cuenta y los volvieron a unir. Entonces, el gato se dio cuenta de quiénes eran y le explicó a Pipin - Ya sé quiénes son. Me habían hablado de que hay humanos que defienden a los animales. Estos jóvenes son de los buenos. Sabes, a veces, hay humanos que viene aquí buscando un perro para su casa, quizás tengas suerte y vuelvas a vivir en una. - Yo no me iré sin ti. Mi suerte está a tu lado. - Yo soy un gato vagabundo y viejo que también ha tenido mucha suerte al conocerte. A mí difícilmente me querrá alguien, pero tú tienes la vida por delante. Además pasaré mis últimos días, caliente y sin tener que trabajar para comer. Será una nueva experiencia para mí, un buen retiro final. Además sabes que nosotros no podemos decidir, amigo, y sabes muy bien que estaré siempre a tu lado, aunque estés muy lejos. De verdad que espero que tengas suerte. Y la suerte llegó, alguien se interesó por Pipin, no en vano era un hermoso perro que atraía a cualquiera. Se lo iban a llevar. Lo sacaron de la habitación donde estaba con su amigo. Pipin se quedó mirando al gato y este le dijo, - amigo has tenido suerte, adiós amigo, no te olvidaré, sé feliz de nuevo. - No, no quiero irme, quiero estar contigo. Gato, gato, - gritaba Pipin - amigo mío … Se lo llevaban, sin dejar de mirar a gato que le dirigió una enorme sonrisa. Pipin, a pesar de suerte, lloraba. El joven lo recibió con caricias, pero eso no calmó su dolor, seguía mirando a la puerta donde había quedado su amigo. Pasaron unos minutos. El gato, aunque sabía que era necesario y que era bueno para su amigo, también lloraba y recordaba todo lo que habían pasado juntos. De repente la puerta se abrió de nuevo. Uno de los jóvenes cuidadores se dirigió hacia él y lo tomó en sus brazos diciéndole. - Bueno chaval, parece que te vas con tu amigo. No te quejarás después de tanto tiempo vas a saber lo que es tener un amo. Le habían explicado al nuevo amo de Pipin la historia de ambos y había accedido a adoptar a los dos. Pipin y el gato seguirían juntos para toda la vida.
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