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Ella siempre busca cariño en cualquiera de la familia. Siempre acurrucada, a veces, temblando, incluso cuando la casa está caliente. Sus ojos, grandes y negros, resaltan en su pequeño cuerpecito que apenas levanta 30 centímetros del suelo, de forma que cuando llueve se le moja la barriga. Muchas veces cuando la coges en brazos, tiende su cabeza en tu pecho y se queda absorta. Yo la miro y no puedo dejar de pensar qué pasa por su cabeza, qué recuerdos nos tiene escondidos, qué pesares o quizás qué nostalgias. Cómo me gustaría penetrar en esos recuerdos, y descubrir por qué tiene miedo a los niños, por qué le gusta tanto el calor cómo llegó allí donde la encontré, son tantas preguntas que quedarán sin respuesta. Me dirigía hacia Madrid cuando decidí hacer un alto en el camino, antes de entrar en la autovía, para refrescarme y para que mi acompañante, mi perro Golfo, hiciera lo que necesitara hacer. Llovía a cántaros y paré justo delante del bar que hay en Medinaceli y como siempre dejé que mi perro fuese el primero en satisfacer sus necesidades. Esperé tranquilamente, aunque mojándome, a que mi perro terminara de husmear aquí y allá. De repente lo perdí de vista. Lo llamé, pero no aparecía. Me preocupaba porque había allí siempre mucha circulación, seguí llamándole esta vez con una voz más angustiada sin obtener respuesta. Lo buscaba pero parecía que había desaparecido. Sin embargo, lo encontré al final, no había respondido a mis llamadas porque había encontrado una perrita de su tamaño que acurrucada entre la hierba intentaba refugiarse de la lluvia. Cuando la vi se arrastró hacia mí, sin levantar el cuerpo del mojado suelo, mirándome con ojos tristes y congelados por el frío. Golfo no hacia más que mirarla, quizás se sorprendiese de lo mal que parecía estar pasándolo la perrilla. Los hice llegar al coche y entré en el bar. Pedí una cerveza y pregunté por aquella perra. Me quedé atónita cuando les oí decir que hacia tiempo que estaba allí. Estaba al lado de un bar y parecía tener un hambre atroz, no habían sido incapaces de sacarle ni unas míseras sobras. Compré algo de comer para ella y cuando volví al coche me di cuenta de que aquella perra había entrado a formar parte de mi vida, me era imposible dejarla allí en esas condiciones, con hambre, frío y totalmente mojada. Siempre me pasa los mismo, no puedo evitarlo, se me van las manos y siempre acabo recogiendo a algún pequeño perro abandonado y siempre maldigo a aquel que me lo ha puesto en el camino. Serán cerdos, ojalá les tirarán al desierto sin agua y sin comida, a ver si se perdían y no volvían más, los muy asquerosos. Pero no siguen existiendo y siguen apareciendo perros abandonados a los que no puedo acoger ya porque serían demasiados. Y eso me hace maldecir todavía más a esos a quienes no se les puede dar un nombre por no insultar a nadie. Ahora Tina está a mi lado, sigue siendo una perra adorable, siempre agradecida como si en su mente estuviese grabado aquel día. La miro y siento aquella lluvia, mi paso por aquel lugar, y más aún la presencia de mi pequeño perro Golfo significó la vida, una nueva vida para ella que agradece continuamente, aunque nosotros también agradecemos haberla encontrado.
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