Esta semana: UN CUENTO DE NAVIDAD 

 

Con motivo de la Navidad, esta semana vamos a hacer una excepción y en lugar de un reportaje o una entrevista ofrecemos un Cuento de Navidad totalmente inédito y exclusivo para Ribernet, ya que ha sido ideado en esta semana para este momento. Así que, si no es perfecto, supongo que lo entenderán y me permitirán esta pequeña licencia literaria, que no pretende nada sino simplemente animarles a hacer lo mismo, ya que en estos días florecen sentimientos que durante el año no dejamos salir.

EL VIEJO, por Marta Elía

Al viejo le gustaba la Navidad, aunque realmente nunca la había disfrutado, sólo en sus años de juventud junto a sus padres. Después la vida le había dejado solo. En el barrio donde vivía, todos le conocían como el viejo, porque se había trasladado a vivir allí tras su jubilación. Nadie sabía nada de él porque nunca hablaba de su pasado, aunque se llevaba bien con la gente. El viejo se había casado una vez e incluso había tenido un hijo pero por circunstancias de la vida, que no es menester relatar ahora, se habían marchado de su lado. Él lo había aceptado y nunca se quejó. En los días que preceden a la Navidad siempre daba largos paseos por las calles comerciales repletas de gente, le gustaba mirar los escaparates, ojear artículos y meditar sobre cuál sería el mejor regalo para una hipotética familia que él se representaba en su mente, sin pensar nunca en la suya propia que Dios sabe donde andaría. Regresaba a casa caminando, desde el centro de la ciudad hasta su barrio, mientras observaba las luces encendidas de las habitaciones en los grandes edificios, e imaginaba escenas familiares, niños sonrientes, padres satisfechos. Bien sabía que no era así la Navidad en todos los hogares, mas para él era más satisfactorio imaginarla así. Llegaba el día 24 el día de nochebuena, el día en que también cumplía 80 años. Compró algunas cosillas para comer y beber bien aquel día, quizás compró incluso demasiado para él sólo, pero no importaba, seguiría celebrando otros días. El día 24 se levantó mejor que de costumbre, salió a la calle a dar, esta vez, un pequeño paseo matinal para durante la mañana preparar la cena y aprovechar la tarde contemplando la Navidad de los demás. Al llegar a casa encontró en el portal de su edificio una pareja muy joven que venía pidiendo limosna, ella llevaba un niño pequeño colgado de su mano y le pidieron algo de comer, preguntándole por algún albergue donde poder pasar la noche. Los tiernos rostros de aquellos infelices, muertos de frío y de hambre, pero con muestras de ilusión y esperanza, hicieron que el viejo, olvidara a su familia imaginaria y bajara a la tierra, invitándoles a pasar a su casa, que no tenía nada de humilde. Los acomodó como mejor pudo y les invitó a pasar la nochebuena con él. Ellos se negaron, no querían molestar, pero él insistió diciéndoles que ellos también le harían un favor quedándose. La joven le ayudó a preparar la comida y la cena para aquel día. Después confiado, el viejo se marchó a pasear, ilusionado, pensando que tendría aquella Navidad alguien a quien regalar todas esas cosas tan bonitas que había en los escaparates. Ese día no se paró a mirar las luces de las casas, después de comprar se marchó a casa en metro. Su rostro estaba feliz, tenía a alguien a quien expresar su alegría por aquellas fiestas y demostrarse a sí mismo que todavía hay tiempo para congratularse con la vida. Al llegar a casa, no encontró a la familia y pensó que se habrían marchado llevándose consigo algunas de sus pertenencias. Pero no faltaba nada. Hacia las ocho de la tarde llamaron al timbre, extrañado abrió la puerta y allí estaban ellos. Traían un pequeño presente que habían comprado con lo poco que aquel día habían podido recoger. Se sintió abrumado y una pequeña lágrima salió de sus ojos, mas enseguida se animó y les invitó a adornar la casa y preparar la mesa. Comieron y bebieron alegres, cantaron villancicos y no pensaron en otra cosa que vivir aquel momento. Hasta el viejo rememoró algunas historias de su juventud cuando disfrutaba la Navidad con sus padres. Fue la mejor Navidad que el viejo podía recordar. A la mañana siguiente, el viejo no despertó. Yacía en la cama sonriendo, alrededor del árbol estaban todos los regalos, aquella familia con la que pasó toda la noche no se había llevado ninguno porque de donde venían y adonde iban no los necesitaban.